Glowing Halo
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About the author
Adhara
Novel: Gallery of Bones
Genre: Science Fiction
35,042 words so far  

About Adhara

Location: Goblin City

Home Region:
Europe :: Spain

Age:25

Website: http://so.arkanian.net

Favorite novels: A Song of Ice and Fire, The Night of Wishes, Ender's Game, Ender's Shadow, 1984, Peter Pan, Cuentos de Eva Luna, His Dark Materials, St Claire & Malory Towers, La Paloma Azul, A place for Katrin

Favorite writers: Michael Ende, George RR Martin, Orson Scott Card, Isabel Allende, David Mack

Favorite music: Within Temptation, Nine Inch Nails, Gogol Bordello

Non-noveling interests: Internet, movies, graphic design

Joined: Oktober 18, 2004

This Year: Municipal Liaison

NaNoWriMo History:
'04 '05 '06 '07

NaNoWriMo posts: 19

NaNoWriMo buddies: 16

 

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Excerpt: Gallery of Bones

La Dris no podía ser mucho mayor que Bess y sin embargo a Craig siempre le había parecido que su expresión y su manera de comportarse la envejecían al menos diez o quince años. No era igual que con el soldado que se habían cruzado en la entrada, ni los cultivadores agotados de las plantaciones del Nord Loch. Nadie en la ciudad recibía más atenciones que Su Majestad ni llevaba una vida más descansada, y aún así siempre tenía la sombra de un ansia desesperada en los ojos, en la forma de sonreir sin llegar a mostrar los dientes y en la forma de mirar, de un lado a otro igual que un animal nervioso, siempre atenta a cada gesto y movimiento de los presentes. No solía hablar a sus súbditos directamente. Su consorte se sentaba a su derecha en la cripta, en una gran butaca de respaldo ovalado, algo más bajo que el trono de la Dris, y entre ambos susurraban sin descanso. Era él quien daba órdenes a los criados y a los cortesanos menores, y en aquellos momentos era él también quien había hecho el gesto que les estaba impidiendo la entrada, hasta que la lectura terminase. Los dos vestían unas túnicas tan aparatosas como las libreas de sus criados, con bordados que ni siquiera pertenecían, según Simon Macaula, al mundo antiguo que tenían sobre sus cabezas. Eran telas brillantes de aspecto oleoso con animales de colores, zapatos de madera, adornos de plata y oro. Craig siempre se acordaba de Bess cuando tenía delante a la Dris, y aunque nunca se lo había dicho a ella solía pensar que era muy triste ser la mujer más poderosa del reducido mundo conocido y tener que depender de sus riquezas y su posición para mantener a la gente a su alrededor, porque desde luego no era una cuestión de belleza o inteligencia, ni siquiera de encanto. Incluso una simple electricista de Old Whistle Court, en el tercer nivel, habría sido una gobernante más digna. Y más guapa, sin necesidad de tanta tela lujosa y tanto aplauso ajeno. Su Majestad tenía una cara afilada y una sonrisa poco sincera, un humor caprichoso y demasiado amor por sí misma y muy poco por su pueblo. Era una suerte que Craig no tuviera ánimos tan políticos ni tan beligerantes como Serra Bunyan o tal vez, hizo la conexión sin poder evitarlo, ya habría descubierto hacía tiempo dónde había ido a parar Morrow Maltese. Para colmo habían interrumpido la lectura sin pretenderlo, sólo porque la entrada estaba lo bastante cerca de la lectora como para que ésta titubeara y un par de cortesanos les mirasen de reojo. Desde luego que no era su día de suerte; la Dris les había dirigido una mirada fugaz cuando entraron en la sala, impidiendo de ese modo que pudieran darse la vuelta y esperar fuera a que el acto terminara. Nadie podía abandonar la sala durante una lectura de los textos de Su Majestad, bajo pena no oficial de destierro a los cultivos. ¿A dónde podía desterrarles a ellos? se preguntó Craig, pero aún así contuvo sus ganas de dar media vuelta y volver a la sala de los tapices. Atraer la ira de la Dris era lo último que su misión imposible necesitaba.
Así que respiró hondo y trató de concentrarse en la belleza excesiva de la cripta, una versión monstruosa y exagerada de la calle del Castillo que habían atravesado para llegar hasta allí. Todo era dorado en la cripta de la Dris, desde los arbotantes hasta la cúpula, las estatuas y los adornos en las pinturas de los muros, que esta Dris había cubierto de escenas de sus obras tan pronto como había podido. Craig no recordaba demasiado bien qué había habido unos años antes en lugar de los dragones gigantes y las princesas de vestidos vaporosos. ¿Pasajes bíblicos? ¿Cuentos clásicos? ¿Una historia perdida sobre qué logros habían llevado a aquella familia a conseguir el mando de la ciudad, para que Craig y la gente de la ciudad vieja y los cultivos pudieran llegar a entenderlo? Aunque tendrían que hacerles una copia para llevar a los niveles inferiores, claro. A ambos lados del trono, pegados a la pared, había tres filas de bancos tallados en madera. Eran desiguales y pertenecientes a otras habitaciones de otros edificios, sin duda; algunos seguían una forma ovalada mientras otros eran rectos o semicirculares. Practicamente cada centímetro estaba en esos momentos ocupado por un noble y todos ellos miraban con total intensidad a la figura en el centro de la sala. De ahí el silencio en sus dos calles. Nadie parpadeaba, tal era su miedo porque la Dris o su consorte, o alguno de sus vecinos convertido en delator, mirara hacia ellos en un momento de flaqueza y les encontrasen con los ojos cerrados o aparentemente distraidos. Sólo la Dris y su consorte miraban a su alrededor. En realidad, cayó en la cuenta Craig, no miraban a la lectora en absoluto. Barrían la sala con la mirada una y otra vez y ahí estaba de nuevo la tensión en el rostro de la Dris, el hambre, cuando la lectora hizo una pausa y señaló el final de un capítulo. Hubo unos instantes de silencio tenso y entonces todo el mundo prorrumpió en aplausos y vítores. Su Majestad hizo entonces un mohín de modestia pero permaneció en tensión, hasta que a alguien se le ocurrió gritar su nombre y comenzar una nueva ronda de exclamaciones. Sólo en ese momento pareció relajarse, mientras se ponía de pie con aspecto humilde, con las manos entrelazadas sobre el pecho de su extraño batín y sin mirar a la audiencia, después de haber pasado tanto rato inspeccionando cada una de sus reacciones. De alguna manera la Corte supo que podían empezar a apagar sus aplausos unos instantes después. Por suerte los resoplidos impacientes de Bunsen quedaron ahogados en los murmullos que precedieron el silencio absoluto pero Craig pudo oirlos con claridad porque la tenía justo detrás. La miró por encima del hombro y sonrió, y la artificiera se inclinó contra él hasta susurrarle al oido:
- Hay un malentendido con los niveles inferiores, donde se piensan que todo es baile y lujo en la cripta. Porque ya ves que los cortesanos sí que trabajan, y muy duro. No es fácil seguir los pensamientos de una mente colmena y complacer el ego de la reina a la vez. Hay que aplaudir hasta que te sangren las palmas de las manos. Tú no estás aplaudiendo. - Craig sintió un escalofrío, más por la impresión de la respiración y la cercanía que por la advertencia y la crítica velada en los susurros de Serra. No había prestado la más mínima atención a lo que fuera que la lectora había estado diciendo, pero vio que Daniel aplaudía con entusiasmo y Thomas con mesura, así que se unió a los últimos coletazos de la ovación. La Dris hizo un gesto para que la lectora se acercase. Era una niña, apenas, quizá de diez o doce años, aunque ya se comportaba como cualquiera de las mujeres de la sala, caminando con pasos demasiado iguales, sin dejar nada a la improvisación o a la naturalidad. Vestía de azul claro en un vestido idéntico al de cualquier otra mujer de la Corte, que seguían la moda de la Dris, y tenía el pelo tan ordenado dentro de su recogedor que parecía que llevara una peluca. Le temblaban las manos que sostenían el volumen nuevo, la más reciente obra de la Dris, con el cuero púrpura de las tapas todavía brillante y tenso igual que la piel de un tambor, y era imposible saber si se debía al peso, porque como de costumbre se trataba de un libro grueso y extenso, o por saber que el destino de ella y de toda su familia pendía de un hilo en esos momentos, ante toda la Corte.

Adhara's Writing Buddies

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Chris Baty

30,019 / 50,000
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0 / 50,000
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