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pequeniosaltamontes
Genre: Fantasy
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About pequeniosaltamontes

Location: Tucumán, Argentina

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Age:31

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Favorite music: Country, Irish

Non-noveling interests: Computers, Taekwondo, Cats, Violin

Joined date: October 15, 2007

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Capítulo 1

Tenía que encontrarlo rápido. Se había confiado, el tiempo había pasado, y tal vez esa oportunidad que tantas veces había imaginado en sus noches insomnes no se presentaría ya.
Sabía que ya debería haber tenido por lo menos dos o tres posibles candidatos individualizados, conocer sus rutina, los lugares que frecuentaban, las personas que los conocían, asi los hubiera encontrado fácilmente llegado el momento,
No es que hubiera sido negligente con su responsabilidad. Muchas horas había invertido en una infructuosa búsqueda. Tal vez el que lo eligió hubiera realizado una mala elección, tal vez él no era el apropiado para esta tarea, tal vez él no poseía uno de los rasgos necesarios, precisamente el que debía ayudarlo en esta última ocasión.
En ese instante tenía la certeza de la inutilidad de su tarea. La misma que había tenido tantas veces en su juventud cuando intentaba estudiar antes del exámen con la esperanza de poder incorporar todos los conocimientos en unas pocas horas. La misma que unos años después cuando retomó su gusto por el conocimiento tenía cada vez que leía un libro sabiendo en la cantidad de libros que no iba a poder leer en su vida. La misma que había tenido al acelerar al máximo en la ruta 9 sabiendo que de todas formas no iba a llegar a tiempo para evitar el accidente.
Esta tarea había sido mil veces repetida por tantos hombres, a lo largo de innumerables generaciones, y precisamente él iba a ser el que fallara en su ejecución.
Pensó que alguien que tuviera que decidir a quién dejarle sus bienes seguramente tendría menos inconvenientes para encontrar un heredero.
Imaginó a su antecesor transitando las calles con la mirada siempre despierta, siempre buscando quien debería sucederlo, siempre alerta a descubrir los rasgos que la experiencia había instituído como los más apropiados, los que revelaban el carácter del hombre o la mujer correcta, el carácter de los que sabrían manejar el don cuyos orígenes ya no se vislumbraban en la lejanía de las eras.
Lo mejor sería sentarse en un lugar por donde pasara mucha gente, tal vez el azar se pusiera de su parte ese día, antes de la hora inevitable que el día anterior había previsto. Por suerte todavía no había sentido el mareo.
Se levantó del banco de la plaza Urquiza donde había estado lamentándose de su poca previsión y del poco tiempo que le quedaba y reemprendió su camino hacia el centro, mirando ansiosamente las caras, tratando de abarcarlas a todas, deduciendo a toda prisa, descartando, imaginando los ojos detrás de los lentes oscuros, metamorfoseando mentalmente las caras de los niños en lo que serían en su edad adulta, traspasando las máscaras del maquillaje, adivinando las personalidades en las miradas y las actitudes.
Ninguno de esos adolescentes que se empujaban y andaban a los gritos por la calle llamó su atención, ya había visto demasiados de esos escandalosos y no tenían el temple necesario. Las chicas que caminaban contoneándose por la 25 mirándose en cada vidriera para ver sonreir a su reflejo no servían, esas distracciones no serían de gran ayuda en los momentos decisivos. Aparecieron todos los estereotipos que ya tantas veces había visto caminar empujándolo o suponiendo que él les iba a ceder el paso. Pensó que tal vez Tucumán no era la ciudad adecuada para encontrar lo que estaba buscando.
Cada nueva cara le deparaba una nueva desilusión, y aumentaba en un grado más su ya de por sí creciente desesperación. Los transeúntes tucumanos vieron en la entrada de la Iglesia del Sagrado Corazón de María un hombre que los miraba febrilmente y se rieron de él. Luego lo observaron más atentamente en la heladería de Santiago y 25. La observación atenta comenzó a degenerar en desconfianza en Bigotes, casi llegando a la calle San Juan. En los comercios de ropa de la calle 25 al 200 la gente ys se cruzaba de vereda para evitar al extraño. Al llegar a la plaza Independencia, alguien ya había advertido a los policías que custodiaban la zona.
Anselmo sentía que era objeto del rechazo popular, pero seguía su pesquisa en busca del alivio de poder dejar su carga, cuyo peso hacía parecer insignificante el agoviante calor del sol de la una de la tarde.
Un policía se dirigía hacia él, con evidente ánimo de interrogarlo, cuando sintió las primeras vueltas del último mareo en su ya revuelta cabeza.
La desesperación lo cegó y corrió hacia la primera persona que vió en la dirección contraria a la dirección en la que avanzaba el policía. Tomó del brazo a la mujer, la cual para su buena suerte no acertó a reaccionar. Sabiendo que eran sus últimos segundos, con toda su conciencia diciéndole que el don no debía perderse, con la plena seguridad de que esa persona no cumplía con las condiciones pero que era esa persona o ninguna, con el contacto físico necesario como catalizador, pronunció la palabra del conjuro.

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