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LilianTheNerd
Novel: La vida secreta de los sementales (tentativo)
Genre: Literary Fiction
50,010 words so far   Winner!

About LilianTheNerd

Location: Querétaro, México

Home Region:
Elsewhere :: Mexico, Central & South America

Age:21

Website: http://islamediodia.blogspot.com

Favorite novels: Trópico de Cáncer, ¡Espérame en Siberia, vida mía!, La Obediencia Nocturna, Buenos días tristeza, Dos Crímenes, El Túnel, Mapocho, Bel Ami, Gazapo, Inmaculada y los placeres de la inocencia, El amante de Lady Chatterley, Powder

Favorite writers: Henry Miller, Enrique Jardiel Poncela, Juan García Ponce, Albert Camus, Julio Cortázar, Milan Kundera, Ernesto Sábato, Juan Vicente Melo, Nona Fernández, Jorge Luis Borges, D.H. Lawrence, Sergio Pitol, Paul Auster, Graham Green, Gustavo Sainz, Salvador Elizondo, Jorge Ibargüengoitia, Saul Bellow, Guy de Maupassant,

Favorite music: Interpol, Miranda!, Martha Wainwright, Pete Yorn, Lucybell, Jeff Buckley, Smashing Pumpkins, Pimpinela, David Bowie, Depeche Mode, Neko Case

Non-noveling interests: Periodismo/Dibujo/Cine/Pan/Comida/Comida Picante/Comida acompañada de pan/Tortillas/Tacos al pastor

Joined date: Octubre 16, 2007

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La vida secreta de los sementales (tentativo)
an excerpt

(Fragmento del primer capítulo):

Encontramos la calle, pero antes dimos como tres vueltas a la manzana. La colonia estaba en mis antiguos rumbos y ver de nuevo esas avenidas me causó una sensación de nostalgia que saboreé mientras pude permitírmelo. Las calles, las casas, algunos edificios me traían recuerdos vívidos, lacerantes: aquel establecimiento de piercings y tatuajes (El Arlequín: todavía existe) me hacía pensar en una tarde en particular que acompañé a Agustina a perforarse la lengua. Le habían dicho que tuviera mucho cuidado de no infectarse y que se comprara una paleta helada de limón. En la noche estábamos besándonos y de pronto tuve esa sensación ácida, repelente, a sangre. Pero todo era bello entonces. Amarla, pero en esa medida. Un Oxxo adelante trajo otras memorias: las botellas escondidas entre clases, las primeras fumadas de mota, los primeros sabores del sexo, que entonces eran nuevos e insondables. Cada parada de autobús, cada porción de banqueta, cada semáforo, tenían un recuerdo específico; reconstrucciones enteras de aquellos días febriles e inconscientes. Pasamos al lado de un puesto de tacos que solía posarse en Pasteur todas las noches y, aunque me había comido una hamburguesa en la esquina de mi casa media hora atrás, pude sentir de nuevo el hambre que un día casi me noquea. Iba con Agustina, seguramente.

De pronto comprendí que todos esos recuerdos eran incompletos si no los emparejaba con su presencia. Una presencia invisible, acaso. Estaba ahí, eso era indudable, pero su verdadera esencia estaba siempre en otra parte. Antes de que Elián diera vuelta en u para introducirse en la Burócrata, tuve una sensación de incomodidad, o de enojo quizás. Pensé que era injusto pensar en esos días y tener que pensar al mismo tiempo en esa muchachita de brazos enclenques. Entonces vino la imagen: el cabello lacio y muy escaso cayendo como en cascada de sus orejas a sus hombros. Unos ojos enormes que algunos compañeros comparaban con huevos cocidos. Y unos dedos larguísimos; de pianista, decía ella, porque había leído a José Agustín y le gustaba pensar que tenía un destino similar a Gabriel Guía. Ella, una mujer. Inocente, inconsciente, ingenua. Con manos heladas, además.

También apareció la sensación exacta de tomar esos dedos fríos e indiferentes al cruzar el Circuito Moisés Solana en la noche, a oscuras, mientras las sombras escurridizas de los demás preparatorianos nos pasaban de largo. -

-- Aquí es.

La voz de Elián puso fin (o paréntesis) a todo esto: a las calles, a los dedos de Agustina, las Pizzas Universo donde una vez celebramos el cumpleaños de... No recordé el nombre.

Vi la casa: dos pisos, paredes color melón, un zaguán pintado de blanco. No sé si fue mi imaginación, pero antes de bajar del coche creí ver a Andrómeda cruzando la calle con otra muchacha. Sin embargo, no pude ver la cara de ninguna de ellas.

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Por ejemplo: la primera vez que hice algo de ese nivel me sentí culpabilísima. Me miraba al espejo y no me reconocía. Pasaba gran parte de la noche, después de lavarme los dientes y frente al espejo, repitiéndome que era una escoria. Como un mantra:
- Escoria. Eres una escoria. Escoria. Eres una escoria.
De pronto, como las palabras que a fuerza de repetirse pierden todo sentido, comenzaba a sentirme mejor, puesto que lo que aquella boca inclemente decía no poseía ninguna validez. Escoria me sonaba igual a paralelepípedo o la bacteria Agrobacterium tumefaciens: cosas indiferentes de las que no tenía una imagen mental.
Y dormía muy tranquilamente. Demasiado tranquilamente.
A la mañana siguiente, como si alguien expresamente lo hubiera recalcado en el techo de mi recámara con un plumón indeleble, aparecían las letras nítidas: escoria.
Fueron meses, no recuerdo cuántos. En ese entonces compartía un departamento enfrente de la universidad con otras dos chicas: una estudiaba medicina y la otra, arquitectura. Las veía sólo por las noches, si había la oportunidad. Pero nunca la había. La primera, que era una papanatas por cuanto a mí concernía, solía estudiar sus enciclopedias a grito pelado en el pasillo del departamento, lo que a mí me enfurecía de una manera indescriptible. La otra se pasaba el día entero recorriendo la ciudad con su novio, o comprobando la calidad de los moteles de la zona: estoy segura de que tenían un umbral de calidad muy bajo. Creo, no sé, haber tenido la sensación de escucharlos cogiendo en la recámara de Isabel (la arquitecta en ciernes) y muchas veces estuve a punto de tocar la puerta y decirles cualquier cosa amable que estuviera lo más lejos posible de un reclamo.
- Isabel, ¿no sabes dónde están los cerillos?
- Isabel, ¿hoy se vence el recibo de luz?
- Isabel, ¿van a venir tus papás este fin de semana?
- Isabel, dame tu opinión: Trojan o Sico.
Pero nunca tuve los cojones para hacerlo.
¿Por qué vivía como ermitaña? No lo sé. Pagaba mi monto de la renta y por lo tanto tenía derecho al libre esparcimiento en las áreas comunes. Sin embargo, apenas escuchaba el coche del novio de Isabel estacionarse al pie del edificio, o los pasos torpes y agigantados de la papanatas mientras subía las escaleras, corría a mi recámara y apagaba la luz. Podía pasar dos horas con los ojos abiertos, tendida en la cama, esperando que las venciera el sueño y se encerrara en sus respectivas cuevas.
También me aguanté las ganas de orinar muchas veces, incontables veces, con tal de no verles la cara y saludarlas de ese modo natural que siempre procuré (y jamás conseguí proyectar):
- Hola Isabel, hola querida Papanatas.
Luego decir que tengo mucha tarea, pero que un gusto, permiso, que descansen.
En esos meses me sentí incapaz de hacer esto.
Y sufría. En el silencio, en la penumbra, con los ojos abiertos... Y entonces todo adquiría unas dimensiones catastróficas: en ese estado desnudo, cínico, podía verlo todo y comprenderlo todo y odiarme más. Era cuando me sentía la más grande escoria del universo.
Las letras blancas se dibujaban en las paredes, en las puertas del clóset, en el borde del escritorio, en las patas de la silla.
Es co ria.

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(Fragmento del segundo capítulo):

Lo conocí en una obra de teatro. Se llamaba “Los Caprichos de la Carne”, de Martín Zapata, y algún periódico local escribió respecto a ella: erotómanos en potencia, pasiones fluctuantes entre la obsesión y el regocijo.
Así debió ser siempre. Estábamos sentados uno junto al otro, pero yo no había advertido su presencia sino hasta que me rozó el hombro y dijo:
- Atrevida, ¿no?
Viré la cabeza en la oscuridad y alcancé a ver su perfil aguileño y también que, mientras hablaba, se mordía el labio inferior. Me reí, dije que sí y volví la mirada al escenario: una de las actrices, desnuda, tenía el pecho enrojecido y se me ocurrió entonces que había tenido un orgasmo mientras fingía coger con un hombre maduro sobre una silla.
En un momento dado, los reflectores nos dieron directo a la cara y él frunció el ceño y volteó hacia mí. Me sonrió como si estuviera a punto de seducirme y llevarme a su cama, con esa seguridad expectante del que está a punto de conseguir un reto que se ha impuesto medio minuto atrás: ese gesto que antes he visto en otros hombres cuando creen que acaban de sorprenderme con un comentario sagaz y la promesa no dicha de sexo en el futuro. Todo esto me pareció pretencioso y molesto. Supe que le había gustado porque, en adelante, procuró tocar mis piernas con las suyas o pasarme por descuido la mano por el talle.
El telón se cerró. Alcancé a escucharlo, mientras los demás se levantaban y caminaban por el pasillo.
- Ya no me pareció atrevida. Más bien diría que es pornógrafa y muy pretenciosa.
Lo escuché y pensé que esa frase podía muy bien resumir lo que era él en realidad. Entonces pude haber jurado que lo conocía de toda la vida, como si en sus palabras estuviera escondida su verdadera esencia como ser humano. Un libro abierto, pensé. Del tipo que dejan saber sus intenciones desde el primer momento.
Me dio la mano y se la devolví con una sonrisa escéptica, puesto que su manera de abordarme me había parecido desde el principio anticuada e innecesaria.
- ¿También actúas?
Negué con la cabeza y en ese momento dejé ir un nombre falso: Paloma.
Pareció complacido y reviró con la misma astucia. Dijo que se llamaba Ernesto y, por alguna razón, de inmediato supe que también mentía y que sabía que yo mentía.
Tenía unas ojeras oscuras en las cuencas de los ojos, no era más alto que yo y lucía como esos bohemios de tres pesos que aún creen en las tertulias literarias; sin embargo, de sus ojos, de su voz y de su modo de caminar expelía una seguridad fascinante, misteriosa, que me hizo pensar en las artimañas que ocultaba bajo su cuerpo de niño bueno. Un niño de no más de veinte años, con los modismos de un señor de cuarenta y el vocabulario de un escritor del siglo pasado.
En otras circunstancias (¿qué otras pudieron haber sido?) me habría parecido un tipo ridículo y propenso a las más virulentas burlas.
Pero ese día (¿ya dije que Andrómeda me había dejado plantada a las puertas del Museo de la Ciudad?) tenía los ánimos exactos para sentirme codiciada y por lo tanto le seguí la corriente. Cómo me había visto y por qué razón había decidido dirigir su atención a mí, no lo sé. Tampoco por qué había elegido esas maneras trilladas y gastadas para acercarse, pero las cumplió a la perfección.
Me invitó un café cruzando la calle. Nos sentamos en las mesas de la terraza y empecé a temblar. Aunque la temperatura no rebasaba los cinco grados, me preguntó si me ponía nerviosa.
No era eso, y de alguna manera pude negarlo apoyada en el bastión de la verdad (El Bastión de la Verdad, ahora lo recuerdo), pero le sonreí de un modo que lo hiciera pensar que tenía razón: me ponía nerviosa.

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(Fragmento del tercer capítulo):

El lunes llegué dos horas tarde a la oficina. La Eminencia me veía recelosamente desde su escritorio. Tenía puesta Radio Universidad y justo en ese momento pasaban un programa sobre Piazzola. Frente a ella tenía un altero de papeles y una grabadora con una cinta adentro, pausada. Me sonrió y los ojos casi se le borraron de la cara.
- ¿Dura, la escuela?
- Un poco, maestra. Perdón. He tenido algunos problemas personales.
Pensé que eso sería suficiente para salir del embrollo, y me di la vuelta para leer el programa del mes de diciembre, que apenas iba a entrar a impresión.
- ¿Lo de tu amigo?
Puse los ojos en blanco, frente a la pared, sabiendo que de igual forma ella no se daría cuenta del gesto.
- Sí. Han surgido cosas. No es nada.
- Pues espero que te recuperes pronto. Acá tenemos mucho trabajo.
Le sonreí lo más fingidamente que pude y dije que le iba a llevar el papel a Lucy, la de Diseño.
En el camino iba echando maldiciones contra todo el mundo, especialmente contra mí mismo: había sido una idea muy inteligente, por supuesto, hablar de la muerte de Elián en ese nido de ratas y encima asumir la responsabilidad; un acto similar al del culpable que busca redención por cualesquiera motivos y luego no sabe cómo enfrentar las consecuentes muestras de caridad moral.
Me mandó a la casa de un músico de jazz que vivía en una colonia periférica. Se llamaba Lautaro Mancilla y tenía una barba blanquísima, apenas moteada de negro, que le llegaba casi al pecho. Me abrió la reja de su casa sonrientísimo.
No estaba su esposa, ni sus hijas pequeñas. Nos sentamos en la sala, repleta de figurillas de cerámica, artesanías sobre los muebles y en las paredes, objetos que eran todos referencias musicales, cuadros de Charlie Parker y retratos de él con su esposa en sitios tan disímbolos como las Pirámides de Giza y lo que parecía una cabaña a orillas de los Andes.
Mi misión era muy simple: hablarle de las bondades del Instituto, de la importancia de una nueva cultura musical en Querétaro y del proyecto de un festival de jazz con figuras como Arturo Cipriano y Raúl Gutiérrez Villanueva.
Lautaro estuvo de acuerdo en todo. Después, como si el motivo por el que yo hubiera llegado a su casa fuera ínfimo, se puso a hablar de algo que al principio me resultó incomprensible:
- ¿Crees en Dios?
Me sonrojé, como si la pregunta fuera perversa a priori.
- No… no sé –murmuré, sorprendido por la vuelta de tuerca.
- Yo tengo una teoría, ¿sabes, Roberto? Yo creo que Dios existe, pero no de esa forma en que los católicos felices lo pintan: un dios conciliador, bondadoso, que espera indulgentemente en el cielo. Más bien, y esto es raro, estoy más de acuerdo con esos católicos recalcitrantes y fanáticos: un dios castigador, vengativo, rencoroso. Y creo que toda su maquinaria “divina” es un aparato corrupto y burocrático. Estoy convencido de que todo eso es cierto: los apóstoles, los ángeles y los arcángeles, los santos, el concepto de la “Virgen” (recalcó las comillas con los dedos), la crucifixión. Pero, vaya, tampoco me queda duda de todas esas canalladas que son descritas en el Génesis: el diluvio, las catástrofes, los castigos inmerecidos, las plagas… ¿No te parece un dios muy demoniaco?
Aquí yo me reí un poco y le di más cuerda para que siguiera hablando:
- Creo que ésa es la deidad que nos merecemos, que nos gobierna, y ante la cual no podemos hacer nada. Me explico: creo que Dios es una figurilla política, un mandatario feroz, un dictadorzuelo de quinta. Y nosotros, hindúes o masoístas o mormones o caníbales de las islas Micronesias o lo que sea que seamos y en lo que sea en que creamos, lo tenemos que aceptar porque sencillamente así es. Este es, en efecto, un mundo injusto. Todos los ateos, los que están convencidos de que la religión es el opio de la sociedad, de que el fanatismo es la peor y más execrable enfermedad de la humanidad, todos los que le aplauden a Marx y a Nietzche, o que piensan que Dios está muerto… son sujetos inteligentes, pero equivocados. Son los disidentes. Los que están contra el régimen, los que desearían hacer un cambio importante apoyados en nuevas y mejores ideologías. Dios quiere aplacarlos, ¿sabes? Pero no sé cómo. Debe tener métodos.
Lautaro sonrió satisfecho y me miró con sus ojillos brillantes.
- ¿Qué te parece, Roberto?
- Suena bastante lógico…
- Entonces, ¿crees en Dios o no?
- No sé. Creo que no querría creer en un Dios de ese estilo, que castigue…
- ¡Exacto! Pero así es. Triste, ¿no? Nadie sabe quién pronunció por primera vez esa frase de “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”. Y estoy de acuerdo, con sus excepciones. ¿No te parece mejor, sin embargo, aquello de “cada humanidad tiene el dios que se merece”?
La dirección de la charla empezaba a incomodarme. Pude ver, a través de los cristales de la sala, que afuera anochecía. En la mesita a un lado del sofá había una lámpara que pronto se había convertido en la única iluminación. Todo lucía extático y reposado, como si cada objeto esperara en silencio la gran explosión.
Lautaro me ofreció un café y lo rechacé displicentemente. Sonrió con una sonrisa que era toda dientes, toda labios, toda alegría. Me acompañó a la reja de la entrada y me dio una palmadita en la espalda. Luego agregó algo que hizo que la piel de los brazos se me enchinara:
- A veces, ese Dios tan bromista y chocante en el que creo, ese Dios que gusta de infundirnos temor para que el respeto nunca se desvanezca, se divierte jugando con nosotros. A mí, por ejemplo, me pasó durante mucho tiempo que, después de muerta mi primera esposa, la veía en todos lados: en la fila del súper, cuando de repente me daba la vuelta para jalar el carrito; conduciendo un coche en el carril de al lado mientras iba por carretera. Una vez, figúrate, hasta la vi en un noticiero en la televisión. Sin duda que Dios se estaba mofando de mí y de mi duelo.
Me quedé callado y con la mirada perdida. Salí a la calle casi sin despedirme, perdido dentro de mis propios pensamientos, que eran fangosos e ininteligibles.
Estaba lloviendo. Era una lluvia bastante tímida y decorosa, como plumitas líquidas. Me perdí en las calles de la colonia, recorrí el mismo número (52B) más de tres veces, creí ver el mismo árbol cada cierto tramo y, cuando por fin anocheció, me encontré reptando cerca de la casa de Elián, que tenía todas las luces apagadas.

(Fragmento del cuarto capítulo):

Me emborraché de golpe. Esmeralda estaba a un lado, balbuciendo cosas en su acento porteño. El departamento era minúsculo y las dos estábamos sentadas, hombro con hombro, en un silloncito que era para una sola persona. Reíamos y hablábamos de temas dispersos, por lo general bromas simplonas que nos producían ataques cercanos a la epilepsia. Bebíamos tinto mientras los demás brindaban con cerveza y ron.
Un carajo de casi dos metros de altura quiso hacernos plática y se plantó a un lado nuestro. Ninguna de las dos le prestó atención, y a la larga se ofendió y se fue sin despedirse siquiera.
Todo fue así. Me recordó a la fiesta en la que Andrómeda y yo casi rodamos por las escaleras y luego payaseamos sin tregua con la anfitriona y su boa de plumas.
Me sentía feliz, con esa felicidad que en realidad es inconsciencia, que no se cuestiona sobre sus propios motivos y aparece fluida y tranquila como la brisa marina.
De pronto, escuché a Esmeralda que decía:
- Que me has domesticado, huevona. Sos una desgraciada.
Su tono era dicharachero y comprendí de inmediato lo que quería decir. La inevitabilidad de lo que a continuación sucedería me hizo darle un trago enorme a mi vaso para llenarme de valor y decirle:
- Vamos afuera.
Apenas traspasamos el umbral de la puerta y estuvimos en el pasillo del edificio de interés social, Esmeralda se me acercó, apretó sus senos contra los míos y puso sus labios ardientes sobre mi boca. El beso fue animal, desesperado, como si esa fuera la última noche que tuviéramos para soltar las caretas y probar nuevas experiencias. Ella nunca había estado con una mujer y lo supuse desde el principio, pero creo que su atracción por mí consistía en el desafío de conocer otros lugares y otras sensaciones.
Yo estaba excitadísima y repetía, entre su lengua y la mía:
- Me gustas mucho.
Lo que me hacía pensar en Ernesto y la sensación que podía obtener, a su manera, de estar conmigo. Pero yo por fin tenía a Esmeralda y el triunfo era ya tangible, y lo mejor: había ocurrido de una manera fácil, natural y rápida. Desde el momento en que había decidido conquistarla y el beso que ahora nos dábamos, no habían transcurrido más de tres semanas. El capricho era evidente, tanto de su parte como de la mía, pero el beso estaba resultando delicioso e inacabable y en tales circunstancias yo no estaba dispuesta a pensar con claridad bajo el riesgo de perderlo todo en ese mismo instante.
Por fin nos apartamos y le susurré que entráramos a un cuarto. Esmeralda se puso tensa (lo noté en sus brazos), pero me dijo que sí y me siguió hacia adentro.
Nos arrojamos a la cama, tratando de ahogar las risas en la oscuridad. Hice a un lado su cabello rizado y traté de mirar en lo profundo de esos ojos de los que sólo se veía un fulgor plateado. Nos besamos sin descanso, apenas dejando escapar gemidos entrecortados.
Sin embargo, cuando quise meter los dedos dentro de su ropa interior, Esmeralda saltó bruscamente, como si le hubieran puesto hierro caliente sobre la piel. Me quedé inmóvil. Ella murmuró una disculpa y trató de besarme de nuevo, pero ya me resultó imposible concentrarme: supe que la aventura, para ella, no llegaba ni llegaría a tanto.
Le correspondí el beso, cada vez con menos pasión, hasta que de a poco no hubo nada y quedamos acostadas una al lado de la otra. Podía oír su respiración agitada, interrumpida por las convulsiones que traía consigo el temblor de sus labios.
Por fin me atreví a decir:
- No te vayas a sentir culpable por esto.
Me preocupaba que su moral, su Visión del Mundo, se viera manchada por un hecho que, a mis ojos y habiendo obtenido lo que deseaba, no tenía mayor repercusión en el futuro.
- Qué va. Lo que pasa es que en realidad no me gustan las minas.
- Ya sé.
- Pero tú me gustas, Georgina.
Le di un apretón en la mano que en realidad era amistoso y hasta maternal. Nos reímos otro poco. Empezó a surgir, nítida, una remembranza con olores y sabores de su Buenos Aires natal. La escuché protegida por la embriaguez del vino y de los besos que todavía podía saborear en la punta de la lengua y que en ese momento me parecían suficientes para disfrutar la velada por entero. Esmeralda era transparente, vivaz. Supe que regresaría a su país y encontraría otro hombre, que la vida seguiría sin mayor diferencia, y que nuestra aventura miniatura había sido un paréntesis irrepetible en su vida. Me sentí orgullosa por esto.
Estuvimos abrazadas durante al menos media hora. Después me levanté, le di un beso fugaz en los labios y prendí la luz. La función había acabado.

Capítulo Quinto (íntegro):

Buscarlo por la ciudad con la certeza de que no lo encontraré, como si los nombres de las calles guardaran una equivalencia, un código secreto, que me guiará hasta el lugar donde ahora reposa. La materia no se destruye: sólo se transforma. Busco en las fachadas de las casas antiguas, en las entradas particulares, en los adoquines de las calles y los faroles inmutables, perpetuos... Busco un indicio de que nada de esto es una locura, que mis sentidos no me fallan y que es cierto que he visto a Elián sentado sobre una fuente, con los brazos cruzados, mientras me mira con un gesto burlón. Cuántas veces he cruzado las distancias esperando encontrármelo y decirle que su broma ha rebasado toda proporción. Ver de nuevo esas lagunas profundas convertidas en ojos y escuchar, de su propia voz, que todo ha sido un mal sueño.
A veces, por la noche, mis únicos guías son los circulitos intermitentes que danzan un número ancestral frente a mis ojos. Son de carácter liviano, pero vengativo: un paso en falso y, sin más, el desastre.
Tampoco los comprendo, al menos no como lo hacía antes. Una noche me han conducido a la esquina de la casa de Andrómeda y me hacen permanecer oculto tras un poste de luz, para mirar entre las sombras una escena grotesca: dos tipos brindan y cantan versos ininteligibles; luego el cuerpo estilizado de Luciana que aparece e intenta detener el escándalo.
Son situaciones como ésa. Despertar agitado por la noche y encontrar el rostro de Miralús momificado, como si descansara en un instante eterno. Gritar y sentir su aliento –ya tan conocido, tan querido– en la cara y escuchar su voz apaciguante que me ordena cerrar los ojos e ignorar las imágenes monstruosas que pueblan mis sueños.
En este delirium tremens que no tiene principio ni final, cosas como un telón negro que se abre de pronto son usuales. Delante, sobre un estrado de madera, observo hombres vestidos de mujeres que hablan sobre un calcetín gigante y coincidencias absurdas que son terminadas de tajo por un bombero con cara de estúpido que ha olvidado su manguera.
Todo transcurre más lento, como si un insomnio interminable se apoderara de mis días.
Veo imágenes inconexas. Un fotógrafo de origen japonés, una mujer desnuda con una corona de espinas, un cisne degollado, las aguas verdosas y relucientes del canal de Venecia, unas manos de mujer con dedos largos y blancos: de pianista. Y luego un golpe seco que me obliga a permanecer alerta, con los sentidos agudizados. Soy una presa en una trampa de alacranes. Soy un semental que se ha ido a la deriva.

Renato-oh me mira en la semioscuridad del museo. Todo está en tinieblas, con nosotros ahí dentro a unas horas indecentes. Veo la punta anaranjada y flameante del cigarro de marihuana que oscila en sus labios de niño bien, y después escucho su voz acompasada, cantora, que habla sobre el fantasma de la niña que habita entre estas paredes. Me carcajeo de su historia y le pido que me cuente más.
- Ya no sé nada más que eso, te lo juro. Sólo sé que el vigilante casi se muere del susto una noche que fue a revisar las galerías, después de escuchar unos ruidos extraños, y la encontró de pie, con su vestido blanco, en uno de los pasillos.
De nuevo me río, con una risa nerviosa que no quiere ceder ante el espanto. Le pregunto dónde está el vigilante y Renato responde, impasible, que hoy es su día libre.
Consiguió las llaves con un amigo que está montando una obra en el salón de usos múltiples, al fondo. Hace rato, a la puerta de la universidad, me increpó desde su Pointer color amarillo metálico.
- Vamos a fumar mota al Museo de la Ciudad. Yo invito.
No lo reflexioné más allá de medio minuto y me subí al coche. Traía puesto un disco de una banda alemana que introducía poemas de Lord Byron en los coros, recitados al revés. Me gustó pensar que Renato-oh era un excéntrico que prefería invertir sus momentos de ocio en empresas inútiles e inalcanzables.
- Estoy escribiendo una historia que, en las manos de un experto, se lea como una partitura. Me interesan las estructuras subyacentes, los simbolismos ocultos, las deformaciones en los cambios y las resoluciones. La protagonista se llama Luciana.
Me sonreí y le dije que sonaba “muy bien”, a secas. Dimos vueltas por las callejuelas del centro, para hacer tiempo. Calculó que a las once sería un buen momento para escabullirnos con la naturalidad que emplearía el dueño de una fábrica al introducirse en sus propios talleres, aún de madrugada.
Nos estacionamos por ahí y fumamos cigarros Camel hasta terminar la cajetilla. Como es natural, me preguntó si tenía novio y si le era cien por ciento fiel, cuestiones todas a las que yo respondí de una manera ambigua, pero tajante. Después quiso introducirse en una conversación filosófica con tintes socialistas, pero yo le corté la inspiración con un sinnúmero de burlas que buscaban dirigir su atención hacia zonas más accesibles y superficiales.
A las once estuvimos listos.
Las galerías, los rellanos y los pasillos estaban totalmente a oscuras, como internarse en la boca del dragón que espera paciente el momento de lanzar la bocanada de fuego. Renato-oh me tomó de la mano y me introdujo a una de las oficinas de los administradores, donde prendió una lámpara y terminó por arrellanarse en una silla reclinable. Yo me senté en un silloncito a su lado y esperé a que él iniciara el ritual de formar el churro y darle la primera fumada.
Hacía frío y el ambiente estaba enrarecido, como si las paredes guardaran la misma exacta vibra que expelían cien años atrás, con propósitos diferentes. Opté por tranquilizarme para no sentir un bajón demasiado abrupto, cosa que logré con el primer comentario causicómico de la noche.
Chacoteamos agradable, pero silenciosamente (como si temiéramos que todavía hubiera gente vigilando nuestros pasos) durante más de media hora. Después Renato-oh entrecerró los ojos, con ensayado misticismo, y procedió a contar la historia de la reputísima niña.
Sentí que una crisis de pánico se avecinaba. Ya antes me ha sucedido, en contextos totalmente absurdos por lo seguros, como cuando estoy acostada en mi propia cama. Ese miedo inexplicable, sin un origen definido, que se extiende por el cuerpo como un sudario mortuorio a un recién fallecido. Ese miedo que envuelve con tentáculos invisibles y nubla el entendimiento al grado de temer el mínimo movimiento de los pies o las manos.
¿Pero de dónde surgía y por qué motivos? Nunca me ocurrió algo que mereciera tomarse como hecho sobrenatural y extraordinario. Y creo que, por la misma razón, ese miedo era más profundo y más terrible: aparecía como el relámpago de un rayo en una noche de tormenta, tan imprevista y caóticamente que me provocaba temblores en todo el cuerpo.
Al final le pedí que cambiáramos de tema y Renato-oh soltó una risa que en ese preciso momento me pareció infernal, detestable. En efecto: el pasón se había ido por terrenos pantanosos y me había puesto en esa situación paranoide que rozaba en la esquizofrenia. Lo miré y no pude reconocerlo: su boca se había ensanchado y pintado de un tono púrpura grisáceo; las cuencas de sus ojos aparecían vacías, como si un cuervo fugaz le hubiera arrancado los ojos y luego hubiera emprendido el vuelo hacia otras galerías del museo; sus orejas se habían afilado y lucían puntiagudas, como un duende horrípido que pronuncia blasfemias y cantos paganos. Por fin lo vi mientras abandonaba su lugar e intentaba caminar hacia mí, pero yo me levanté con las manos al frente y le supliqué (sí, con la voz tremebunda y disminuida) que se alejara. Supongo que Renato –y esto lo supongo ahora, mientras relato todo con la perspectiva que da el tiempo– se sorprendió de mi reacción y rió otro poco, creyendo que era una broma mía. Quiso acercarse más y yo ahogué un grito que, por efectos del eco, sonó fantasmagórico y prominente.
Toda la circunstancia era claustrofóbica y delirante. Me precipité hacia una de las puertas, trancada con un trozo de madera, y eché a correr por los pasillos ennegrecidos del museo. Renato fue tras de mí e intentó llamarme, pero sus gritos me llegaban deformados como si hubieran traspasado un umbral de modulación que los convirtiera en susurros obscenos.
Mientras corría y la sangre caliente me fluía por las venas tan aparatosamente que incluso yo podía sentir el crepitar por mi cuello y muñecas, me di cuenta que los peligros eran más insospechables en esa parte de la casona antigua. Y entonces el miedo me derrotó, fulminante, como una flecha cargada de veneno que me atravesara el corazón. Ya ni siquiera podía escuchar la voz de Renato en los recovecos de las columnas de cantera y las cúpulas de los techos. Entonces di vuelta en un recodo, creyendo ver un haz luminoso al fondo, y me topé con una oscuridad recalcitrante que me tragó como las fauces de un león hambriento.
Ahora ya no sé. Supongo que ya no sé nada. Sin embargo, la sensación aparece vívida incluso hoy.
Cuando me acostumbré a la oscuridad, en lo que parecía un cuarto amplísimo y sin ventanas, creí ver al fondo el rostro nítido de Elián: sus ojos verdiazules abiertos como lámparas incandescentes y esa piel que en otro tiempo había sido rosada y lozana. Me pareció ver, aún dentro de mi ofuscación, que la piel de las mejillas se le había ajado y abierto como en carne viva.
Cuando Renato dio con mi ubicación, alumbrado por la luz-linterna de su celular, me encontró impávida frente a una sala donde exponían fotografías de personas rengas y mutiladas: fracturados, artríticos, atropellados...
Ya era de madrugada cuando se estacionó frente a la puerta de mi casa. Por toda despedida, alcé la cara y le dije:
- No vuelvo a probar las drogas.
Frase que, en otro tiempo y a raíz de otros antecedentes, hubiera sonado cómica. En realidad, lo único en que podía pensar era en la descomposición, lenta pero persistente, del cadáver de Elián dentro de su ataúd. Y algo me dolía, entre el pecho y el estómago, un dolor indefinible que no provenía de ningún lugar. Era el dolor de pensar que su cuerpo hermoso y aún joven se descomponía inexorablemente en una caja tres metros bajo tierra.

La filosofía de Ernesto Dámaso Contreras (los apellidos que expeditamente sacó al tiro, como si cierta oficialidad me impidiera pensar en la mentira de nuestras identidades) se basa en pequeñas muestras de moralidad hacia el mundo. Esta forma de ser intachable y recto hasta la muerte en realidad es un método –algo cínico, quisiera él– para echarle en cara al mundo su propia putrefacción. Sostenía que la condena era una cualidad ab initio en todos nosotros, como un pecado original que se manifestara discreta pero irrefutablemente incluso en los actos más nimios del ser humano: rechazar una caridad para el minusválido y el limosnero, copiar en un examen, transar al socio, extorsionar al amante, ofrecer la mordida al agente de tránsito. Y estaba tan convencido de esta teoría que su fe se había convertido, con el tiempo, en un odio inconmensurable hacia el género humano. A menudo me explicaba hechos que creía, tanto por mi formación “académica” como por mi aparente indiferencia hacia el resto de los mortales, me resultaban ajenos y desconocidos: pruebas evidentes, según él, de la descomposición de la sociedad. Hablaba de comunidades enclavadas en medio de la sierra o la selva, inaccesibles aún para vehículos de carga completa, donde las familias sobrevivían con cinco pesos diarios y enfrentaban a diario la muerte, el hambre, la desdicha y la soledad. Yo me quedaba perpleja, sin atinar a decir nada, porque sabía en el fondo que nada de lo que dijera modificaría en lo absoluto su Visión del Mundo, ya tan elaborada e íntima para esas alturas. Además, aunque aquello me concerniera en formas que Ernesto jamás comprendería, prefería mostrarme inconmovible y distante: elementos que lo animaban a seguir hablando más y más, en un honesto intento por cultivarme y abrir mis ojos a una realidad desconocida.
También juraba que la pobreza jamás terminaría. Un día, como por toda respuesta yo le dijera que en mi espectro vital sólo cobraban importancia las valencias químicas y sus significados, Ernesto me lanzó un comentario que pretendía ser sarcástico:
- ¿Así que tú tienes esa filosofía propia de instituciones como el Tec de Monterrey, donde lo importante es la asertividad y, en suma, “echarle ganas a todo”? ¿Eres de los que creen que, con un poco de perseverancia y trabajo duro, todo podremos vencer la pobreza y otras circunstancias adversas? ¿Crees que la solución de todas estas situaciones marginales es la inversión extranjera y los empresarios contentitos en sus despachos esclavizantes, pero modernos?
- No creo nada de eso. Sólo creo en lo que hago y lo que soy –le dije, cayendo en su trampa al responder con un argumento igualmente vacuo y generalista–. Pero al menos no me engaño creyendo, como tú, que con ideas tan utópicas como el socialismo y la educación “para todos”, los hombres se salvarán de toda la porquería que inunda sus viditas banales y mundanas.
Ernesto permaneció callado, con los puños crispados, como si su estocada final consistiera en eso: un bofetadón que me hiciera entrar en razón. Pero, ante todo, su ecuanimidad. Así que puso los ojos en blanco y echó la cabeza hacia atrás, como si ninguna argumentación válida y ra-zo-na-ble funcionara conmigo.
Por lo general, estas discusiones ideológicas caldeaban los ánimos para encuentros ulteriores, como si cada palabra rencorosa fuera, a su vez, un poderoso y secreto afrodisíaco. Y ahora estaba más contento que de costumbre, porque el nombre Esmeralda se había borrado de mi diccionario mental como si un gran corrector lo hubiera tachoneado con tinta roja. O eso creía él, que para el caso era lo mismo.
No la había visto, pero nada de esto importaba demasiado: conseguir una empresa durante una noche es casi lo mismo que disfrutarla durante toda una vida. Para mí había sido suficiente y conservaba recuerdos gustosos al respecto, algo que me tranquilizaba en la misma medida que, en el pasado, el recuerdo de Andrómeda emergía acre y doloroso.
Tampoco Noé daba signos de vida, lo que por otra parte resultaba oportuno siendo Ernesto quien consumía mis tardes y noches de insomnio. De un modo u otro, había conseguido convencerme de que pasar mi tiempo con él era mucho mejor y más productivo que malgastarlo con un laboratorista ramplón y hueco, de esos que creen en la felicidad que se consigue a través de las metas alcanzadas y los proyectos a futuro.
Por lo tanto: nos encontrábamos a las puertas de la Ex–Prepa Centro y caminábamos uno junto al otro durante largos trechos de las callecitas del centro; a veces entrábamos a ver una película finlandesa o polaca en el Cineteatro Rosalío Solano; otras veces asistíamos a obras de teatro en la Casa del Faldón, auspiciadas por el Instituto de la Cultura; o nos refugiábamos en un cafetín oculto en un andador para fumar como cosacos y llenarnos el organismo de cafeína.
Las más de las veces terminábamos borrachos y desnudos en mi cuartito, sin decirnos cosas esencialmente importantes, pero amparados en un rencor oculto que crecía en intensidad y alcance. Para mí, Ernesto había sido como una piedrita en el zapato que, por alguna misteriosa razón, me había apartado con el tiempo de mis rutinas establecidas. Para él, yo era una fierecilla ególatra a la que había que domar con métodos cada vez más agresivos.
Como en el pasado, cuando extrañé a Noé (sentimiento que, por lo demás, se había evaporado sin dejar huella), empecé a anhelar mi libertad. La libertad de acostarme con quien yo quisiera y querer a esa persona como a un buen amigo, y después olvidar su nombre hasta que mis necesidades fisiológicas hicieran patente la urgencia de su presencia. Y mirar a Andrómeda como solía hacerlo antes, cuando inventamos la teoría del Bastión de la Verdad y nos llamábamos idiota, imbécil y perra inmunda a discreción; cuando todo era tan fácil como llegar a su casa, dejar una película puesta en la televisión y besarnos en silencio, con el miedo y la sorpresa a flor de piel.
¿Dónde estaba ahora? Atada de pies y de manos por un pretenciosillo con ínfulas de comunista que deseaba saltar ciertos límites, pero que cada noche llegaba a su fraccionamiento de gente bien y se encerraba en un mundo material al que decía despreciar, pero al que necesitaba con todas sus fuerzas.
Eso era yo.

No volví a ver a Isabel Parra. Su presencia en el curso de mi vida había sido tan fugaz como la del anciano que me despacha el café que bebo todas las mañanas. Sin embargo, había dejado reductos de algo que no alcanzaba a comprender del todo: pequeños intersticios dentro de la estructura cabal y coherente que era la realidad, o lo que yo tomaba por la realidad.
Sobre todo, me hizo cuestionar una certeza que antes creí sólida e irrebatible: ¿Quién era Elián verdaderamente? ¿Por qué me había engañado respecto a esta vida secreta que de pronto aparecía de la nada y que revelaba una nueva faceta de su personalidad que yo nunca antes hubiera sospechado? Todo esto me tenía meditabundo y confundido. A veces, sencillamente, no quería pensar al respecto, y por lo tanto me entregaba a las aguas caudalosas de la embriaguez. Al menos ahí podía navegar alumbrado por faroles menos volátiles e imprecisos. Al menos ahí, me decía con determinación, el paisaje lucía más estrambótico pero llevadero.
Pasé el final de semestre de noche. Tenía todo mi tinglado en orden, las máscaras adecuadas y los pretextos suficientes, pero algo dentro de mí se desmoronaba como un castillo de arena bajo la lluvia. En todo momento me comporté como un autómata, con esa capacidad envidiable por mostrar un rostro afable para esconder la mierda que hay en el fondo.
Y, cosa curiosa, me divertía ver cómo Andrómeda se hundía de igual forma, por motivos acaso inversamente distintos a los míos. Lo único que deseaba era no encharcarme de lodo yo solo, sino tener ese consuelo barato de ver cómo otro se desploma al mismo ritmo y con la misma velocidad.
No obstante, seguía atrayéndome hacia ella una especie de contradicción moral, un conjunto de sentimientos encontrados que me hacían odiarla y necesitarla con la misma pasión. Por un lado, no dejaba de ser la “falsa tortuga” cuya única virtud consistía en regodearse en su estúpido esnobismo; y por otro, era mi único vínculo con Elián, el puente que conectaba esa muerte que ya aparecía irremediable con la aterradora realidad: incompleta, desconocida, inverosímil.
Más de una vez intenté explicarle todos estos tormentos, pero algo en el gesto de su cara, en esa expectación por oírle algo realmente coherente y luego marcharse desilusionado, me hacía desconfiar de su potencial para comprender.
Aunque no tuve remedio.
Noté que, de un tiempo para acá, andaba muy amistosa con Renato: como dos alegres compadres que se conocieran de toda la vida. Tuve malos presentimientos al respecto, por una razón que todavía no se me aparece clara. Como hacía algún tiempo desde que cruzábamos media palabra, me acerqué con el pretexto de ayudarla con sus trabajos finales, que evidentemente le sacaban canas verdes (no me sorprendía dada su poca capacidad de retención y el desinterés que siempre había manifestado hacia todo lo concerniente a la carrera).
Aceptó algo reticentemente, pero finalmente habrá pensado que en otro tiempo habíamos sido “amigos” y que, después de todo, los dos habíamos sufrido la misma pérdida.
Así, una tarde que estábamos en la Biblioteca Central recolectando citas y autores, le hablé de todos los hechos que ya he explicado anteriormente. Hasta entonces sólo le había confiado la sensación de ver a Elián en todas partes y la sospecha de que, antes de morir, había hablado con alguien por última vez. Andrómeda escuchó todo como si, por primera vez, le interesara todo lo que yo tuviera que decir (¡Albricias!).
Y entonces me relató otros hechos concretos, que a mi juicio eran meras alucinaciones de índole mística y fantasiosa. O, en todo caso, producto de su poca astucia para sortear las trampas de la mota y otros estimulantes.
- Te juro que todo esto es cierto –me dijo en un momento, desesperada, mientras me enterraba las uñas en el antebrazo.
Yo me sacudí y me hice, con todo y silla, para atrás.
- No dudo que lo sea, pero ten en cuenta que la mayoría de esas veces andabas pacheca y como tarada.
- No seas un hijo de puta, Roberto. Ahora no. –su voz se hizo más pausada y adquirió un matiz reflexivo– No te lo diría si yo misma no creyera que así fue. ¿O es que me tomas por una imbécil? Yo también he visto a Elián, más de una vez, y estoy segura de que no son sólo ideas mías.
Me quedé pensativo. La vi tan desamparada, tanto por hechos anteriores como por la forma en que me miraba, que terminé por creerle. A medias, pero le creí. No dejaba de pensar que, en circunstancias tan desconfiables como un “ataque de pánico” después de fumar mota, le resultara fácil creer que había visto algo. Pero la coincidencia ahí estaba y su comprobación me produjo un escalofrío en la nuca.
Quiso conocer a Isabel Parra, pero le dije que eso no era posible. Preguntó por qué y le expliqué que había decido poner pared entre ella y yo, por otras razones.
- Además, la información que podríamos sacar de ella –lo dije con el vértigo propio de una investigación que rozara los límites de lo paranormal– ya está agotada. Ya me dijo todo lo que podía decir.
- ¿Y le creíste? A lo mejor es una farsante.
- Claro que esa posibilidad rondó por mi mente, pero las cosas que me dijo y los datos que no podía conocer de otro modo, me hicieron saber que no estaba mintiendo. Fue novia de Elián por ocho meses que ahora no logro explicar ni comprender, y además creía sobre él cosas que no eran ciertas –esta última frase me sonó absurda en la cabeza, porque enseguida pensé que a lo mejor éramos nosotros los que creíamos cosas sobre Elián que nunca habían sido ciertas.
Andrómeda se llevó la pluma a la boca y la chupó con avidez, como siempre suele hacer cuando se le presenta una situación inesperada. Traté de aligerar el ambiente con una frase idiota que, sin embargo, provocó cierta turbación en el rostro de Luciana:
- Y además, por lo que imagino, cogían como locos.

Te digo esto: el punto es que, aunque tratara, jamás terminaría por comprender a Luciana. Una muchacha culta, refinada, que vive en su propio mundo. Muchas veces pienso que hay zonas en su corazón que son totalmente inaccesibles, y que, aún con todo el esfuerzo y la buena fe del mundo, la entrada ahí está restringida.

Aún para mí. En la realidad alterna, vivimos en zonas inhóspitas de Laponia: tenemos un trineo jalado por renos y atravesamos la estepa helada en medio de tormentas y nubarrones. La nieve es como una cortina delgada y transparente que cubre el bosque con su manto. No existe nada ahí, salvo el invierno interminable. Y, de pronto, en una especie de campamento improvisado (aunque nada es casual, nada es incidental), un autóctono nos ofrece a su mujer como regalo. Y la tomamos porque, ¿qué mayor muestra de descortesía hay que la de despreciar las costumbres de la tierra a donde viajamos?
O también imagino que me llamo Anika y que paseo por trolebús en las calles de Helsinki. Mis ojos son grisáceos, mi piel es casi transparente y llevo siempre conmigo un gorrito de felpa color rojo sangre. Ahí, en la tierra de la escarcha y el arenque, todo sucede a cuentagotas: pequeños sucesos que no anuncian grandes cosas y que, sin embargo, parecen llevar consigo la carga enigmática y milenaria de toda una nación.
Tengo toda una vida allá: amigos con nombres como Paavo y Juszka, un cachorrito al que llamé “Mika”, en honor de mi escritor favorito; una carrera en algo con verdaderas perspectivas a futuro como diseño de software computacional; un novio robusto y barbudo que no hablara mucho y que se empleara como leñador en los pueblitos vecinos; y costumbres y ritos como el de mirar cómo mi sangre mana con pasmosa lentitud de mis muñecas al piso de azulejo del cuarto de baño.

Así que Roberto se burlaba y disfrutaba de mi caída cuesta abajo. Pero tampoco esto me importaba; supongo que algo parecido al orgullo se manifestaba indistintamente en todo lo concerniente a él.
En serio: no me importaba. Podía tratar y hacer como que iba al corriente, o por los menos que estaba haciendo todo lo posible por alcanzar a los demás y buscar un método para conseguir mi graduación, pero en el fondo tenía la certeza de que me iba a quedar a medio camino. Y, ya lo dije, sorprendentemente nada de esto lograba perturbarme. Ir a la escuela todos los días, fingir que leía los libros enteros, entregar trabajos plagiados e incompletos, mirar las horas que se materializaban angustiosamente en un reloj de arena simulado... Todo esto me parecía transitorio. Un paréntesis que había de recorrer sin cuestionarme los motivos ni las metas. O mejor: una forma de pasar el tiempo, mientras algo mejor aparecía.
Aunque nada había ocurrido. Tres años antes había conocido a Georgina, apenas unos meses después de entrar a la universidad, y enseguida me presenté como Andrómeda y la hice recorrer ese camino sinuoso hacia la perdición.
O, tal vez, ella fue quien me perdió.
Aún veo sus rasgos extranjerizados, como los de un judío de algún país del este de Europa que ha aceptado resignado su mala suerte y, encorvado, derrotado, vaga como un nómada por países y culturas distantes. Siempre me pareció eso: que había ciertos rasgos extraños, sutiles, que denotaban una edad moral inmensa, rayana en la ancianidad.
Una vez leí que “la mirada es lo más profundo que hay”. Me pasa siempre que, al conocer a una persona, puedo o creo poder adivinar cuántos siglos de sufrimiento y tormento ha atravesado su alma. O si es nueva e inmadura, apenas expuesta a los dolores y las tragedias del género humano.
Con Georgina supe que me hallaba ante un alma etérea, antigua, casi inmortal. Un alma que había reencarnado cientos de veces y por tanto no temía al mundo que habitaba, por conocerlo demasiado bien.
Eso que algunos toman por cinismo, y que en realidad es un cierto fastidio por todo lo que ha visto repetirse una y mil veces, es el microscopio a través del cual procesa todo aquello que debiera comprenderse. Que debiera y que, en su caso, ya ha sido asimilado y olvidado con exultante rapidez.
Por otra parte: hay en ella una porción de expectación y curiosidad renovadas, como si una nueva personalidad (y por consiguiente: un alma nueva) se hubiera mezclado con sus conocimientos ancestrales y engendrara el templo de contradicciones que aparenta ser. Un hartazgo infinito, apenas atravesado por una inocencia inverosímil, pero auténtica: esa ingenuidad casi imperceptible que la lleva a sorprenderse, incluso cuando la ocasión no lo amerita, de los actos que ha cometido. Como un asesino que mira aterrado las extremidades sangrantes del hombre que una hora atrás ha destazado y mutilado.

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