Portrait de FirecrackerX

About the author
FirecrackerX
Novel: Daphne
Genre: Literary Fiction
50,057 words so far   Winner!

About FirecrackerX

Location: Málaga, Spain

Home Region:
Europe :: Spain

Age:21

Favorite novels: Too many, too many...

Favorite writers: Katherine Mansfield, Emily Dickinson, the Brontë sisters (yes, all three of them), Sarah Waters, Terry Pratchett, Jasper Fforde...

Favorite music: Melissa Etheridge, Pink, K's Choice and almost anything that sounds victorianish...

Non-noveling interests: Non-noveling whats?

Joined: novembre 1, 2006

This Year: Official Participant

NaNoWriMo History:
'06 '07

NaNoWriMo posts: 2

NaNoWriMo buddies: 12

 

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Excerpt: Daphne

Había algo en aquel libro que no terminaba de captar, como una trama debajo de la trama o alguna clase secreto enterrado bajo páginas y páginas de diálogo insípido. Daphne se meció en la butaca lentamente, hastiada por aquello que se le escapaba entre los dedos. La chimenea crepitaba ajena a las tramas que se escurrían como el jabón entre las manos.
El reloj avanzaba, haciéndose oír en el silencio con regular coquetería. Daphne sentía la respiración del pequeño spaniel que se había tumbado sobre sus pies, atraído por el calor de la chimenea y el feliz plan de echarse junto a su dueña sin que se requiriese nada de él. Daphne dejó el libro en la mesa junto a ella y suspiró, manoseando la manta a cuadros que se había echado sobre el regazo. Tenía que responder media docena de cartas y hablar con el jardinero.
-¿Señora?
Daphne se volvió hacia la puerta. El mayordomo la estaba mirando, ligeramente pálido pero sin salirse de la rígida indiferencia que estaba entrenado para mostrar.
-Oh, Bowman. Buenos días.
-¿Se encuentra bien? -dijo ojeando la chimenea encendida con desasosiego.
-Muy bien, gracias.
-Son las seis de la mañana, señora.
Daphne lo miró fijamente, bajando la mano para acariciar la sedosa cabeza del perro.
-No podía dormir, siento haberle despertado.
-Oh, no, señora, por favor. Debió haberme llamado. Le habría encendido la chimenea con mucho gusto y procurado que la cocinera le preparase una infusión.
-Eres muy amable -dijo Daphne, con el estómago encogido ante la idea de despertar a parte del servicio sólo porque no podía dormir y le apetecía leer con un buen fuego-. Pero estaré bien hasta que el señor se levante y se sirva el desayuno.
-Sólo tiene que llamarme si necesita cualquier cosa, señora Foster.
-Gracias, Bowman.
Se retiró en silencio. Daphne volvió la vista hacia la ventana, donde el amanecer empezaba a arañar el cielo, dejando heridas rosáceas y anaranjadas pegadas al horizonte. La mansión de los Foster estaba rodeada por un páramo desigual, donde las rocas y las extensiones de hierba se alternaban en asimétrica belleza. La primavera se estaba apropiando de las inmediaciones, sin prisa pero sin pausa. La flora más atrevida ya había empezado a asomar y siempre que llovía, en lugar de aquella brisa helada del invierno, el ambiente se llenaba del olor dulzón de las flores. La Luna había desaparecido. Daphne cerró los ojos. Su reino acababa aquí.
Pero estaba decidido. Jason y ella pasarían el día juntos. Hablaría con el jardinero en cuanto desayunara y escribiría las cartas justo después. Lo dejaría todo listo. Avisaría a Marianne para que la ayudara a ponerse su vestido nuevo, una exquisita pieza hecha a medida, de un color claro que resaltaba sus ojos. Se arreglaría el pelo según la señora Wright le había propuesto dos días atrás, durante la reunión que organizó en su casa. Se echaría el abrigo por encima de los hombros, con aire casual. Jason y ella pasearían, ella cogida de su brazo. Haría buen tiempo, por supuesto. No se veía ni una nube en el cielo. Tal vez, aprovechando esta feliz situación, se quedaran a comer en el jardín. Bowman lo arreglaría todo. Una encantadora mesita entre las azaleas. ¿Estarían floreciendo ya, las azaleas? Seguramente. Podrían pasar el día hablando, como antes. Él se daría cuenta de su nuevo peinado y sonreiría, halagado con su belleza; ella vería en él al galán de encanto intachable que le pidió un día que le concediera un baile durante la fiesta de cumpleaños de su prima, que se moría de envidia aquella noche, al saber que el soltero más apuesto de la velada había bailado (¡tres veces, nada más y nada menos!) con la pequeña y tímida Daphne. Lo prepararía todo. Le pediría a Bowman que no trajera el periódico durante el desayuno y guardase la correspondencia para el día siguiente, de modo que ninguna noticia lo pusiera de mal humor. Tenía que pedirle a la cocinera que preparase aquellos deliciosos huevos escalfados que tanto le gustaron a Jason la última vez. Daphne se mecía con más énfasis ahora, las manos cruzadas sobre el regazo y una pequeña sonrisa ansiosa en el rostro. El pequeño spaniel golpeó el suelo con la cola, mirándola con aquellos ojos enormes y serviciales.
-¿Quieres venir con nosotros hoy, Brandy? Pasaremos el día fuera, en familia -dijo inclinándose en el sillón para rascarle detrás de las orejas cariñosamente. Brandy gimoteó y se removió, inquieto, adivinando que el tono de Daphne prometía cosas agradables. Se levantó y se acercó al pequeño escritorio barnizado, sentándose con diligencia y cogiendo la pluma. Colocó el montón de cartas por responder a su izquierda, releyó la primera y comenzó a escribir la contestación con su letra alargada y pulcra.
-Disculpe, señora.
Bowman estaba en la puerta de nuevo, tan estirado como de costumbre.
-¿Sí?
-Me preguntaba si no querría algo ligero antes del desayuno que calmara el apetito matutino.
-No, Bowman, está bien. Pero ya que estás aquí, di a la cocinera que desayunaremos huevos escalfados hoy, con bacon y tostadas, y a ser posible ese zumo de naranja tan revitalizante que no está demasiado dulce ni demasiado amargo.
-Se lo diré enseguida, señora.
-No traigas hoy la correspondencia del señor a la mesa, ni el periódico. Invéntate alguna excusa para el retraso del cartero. No debes traerlos hasta bien entrada la tarde.
Bowman miró a su señora con gesto vacilante, pero se limitó a asentir.
-Como la señora desee.
-Gracias, Bowman. Nada más.
-¿No desea la señora que avise a la señora Finley para su reunión de la mañana?
Daphne se estremeció. La señora Finley era el ama de llaves, la jovencísima viuda del primo paterno de Daphne. Al morir su marido había quedado en una pobre situación, y ni su posición social ni su escasa educación la habrían podido mantener. Jason se había sentido magnánimo al ofrecerle el puesto de ama de llaves de Tanglewood Hall. Daphne se había sentido incómoda con esa elección. La chica era demasiado joven y demasiado bonita para ese tipo de empleo, que requería todo el tiempo y la dedicación de una mujer. A pesar de su reticencia inicial, Daphne sabía que Laura Finley había demostrado un talento inusual para el cuidado de la casa. Confeccionaba los menús más exquisitos y siempre se ocupaba de que todos los empleados hicieran su trabajo. Al principio había revisado los menús del día y las tareas planeadas por la señora Finley durante el desayuno, en presencia de Jason, aunque él nunca opinaba nada. Desde que Jason había empezado a marcharse de casa tras el desayuno para ir a Londres a trabajar, las reuniones con la señora Finley se habían ido mudando de estancia, hasta que era frecuente que se realizaran en su pequeño saloncito, privado y acogedor, donde se sentía en su terreno y podía tomar decisiones con confianza y seguridad.
-No, no... -dijo Daphne, bajando el rostro hacia la carta en la que estaba ocupada-, no hablaré con la señora Finley hoy. Dígale que arregle los menús según mejor crea conveniente.
-Sí, señora.
Con la pequeña reverencia de rigor, Bowman se retiró. Daphne se soltó el pelo en cuanto estuvo sola y dejó las horquillas en la mesa. Comenzó a arreglarse el pelo con energía, cuidando que todo quedara perfectamente recogido y en su lugar, metódicamente. No, hoy no se reuniría con la señora Finley. Hoy saldría temprano con Jason. Pasarían el día fuera, juntos. La última horquilla se hundió en el cabello castaño con decisión. Perfecto. Respirando hondo, volvió a coger la carta y continuó escribiendo. Terminó de redactar las siete cartas cuando el sol ya entraba por la ventana con fuerza. El día iba a ser maravilloso. Brandy levantó la cabeza repentinamente y salió de la habitación trotando. Jason debía haberse levantado. Daphne cruzó el pasillo y salió a la entrada, justo a tiempo para ver a su marido bajando las escaleras, acicalado y vigoroso.
-Daphne, querida, no sabía que te habías levantado, ¿Hay algún problema?
-No, ningún problema. Es que me he desvelado un poco y fui a leer al salón de las flores -dijo ella con su mejor sonrisa.
-Muy bien -dijo él con una sonrisa, la suya distraída, mientras prodigaba un par de caricias a Brandy-. Buen muchacho. Parece que hace buen tiempo.
-Así es -Daphne, radiante, se había dado cuenta de que Jason estaba de buen humor.
-En ese caso dejaré aquí la bufanda.
La sonrisa de Daphne desapareció, como la nieve al sol:
-¿Es que piensas salir? Es sábado, me dijiste que hoy no tenías que trabajar.
-Lo sé, lo sé, pero al parecer la sobrina del viejo Lister se ha mudado con ellos a Northbrook y es pura cortesía que, siendo su vecino, vaya a presentarle mis respetos. No es necesario que tu asistas a esa formalidad tan aburrida, los invitaré a tomar el té aquí algún día, para que la puedas conocer -el señor Foster se puso el abrigo y cruzó la entrada con zancadas ociosas-. Volveré tan pronto como Lister me lo permita.
-¿Ni siquiera vas a desayunar aquí?
-Voy a ir andando a Northbrook Park, querida, me retrasaré demasiado si desayuno -abrió la puerta y se volvió para mirarla-. No te importa, ¿verdad?
-No. No, claro que no -dijo ella con una débil sonrisa y la voz ligeramente rota.
-Muy bien, pues -se puso el sombrero-. ¡Hasta luego, Daph!
La puerta se cerró y la casa quedó en completo silencio. Brandy movía la cola, confuso, y Daphne no podía apartar la mirada de la puerta cerrada. El paseo, el traje nuevo, el peinado, el almuerzo en el jardín... nada había sucedido, pero dolía como si hubiera pasado y se hubiera perdido en la más absoluta de las miserias. Se sentía acalorada y el labio de abajo le temblaba. Un mechón de pelo escapó de las horquillas y se balanceó sobre su nuca desnuda.
-Señora, he programado su reunión con el jardinero a las diez, ¿Prefiere que la cambie a otra hora?
Daphne notó que los hombros se le tensaban. Se giró y vio a la señora Finley, con su austero traje negro y su pelo rubio perfectamente recogido. Tenía las manos cruzadas ante ella y la expresión seria. Unos labios trazados con demasiado vigor. Los pies muy juntos. La espalda recta.
-No -dijo Daphne-, las diez es una hora excelente, señora Finley. ¿Ha preparado ya el menú para hoy?
-Sí, señora. Bowman me dijo que lo preparase según mi criterio.
-El señor Foster no almorzará hoy aquí. Quiero que el almuerzo se rehaga a mi gusto.
-Como la señora ordene.
-Avise al señor Bowman de que sólo habrá un cubierto hoy y reúnase conmigo en el salón de las flores, señora Finley.
La expresión del ama de llaves no cambió un ápice. Inclinó ligeramente la cabeza y dijo:
-Sí, señora.
Daphne se dirigió hacia allí con gesto enérgico. No intentó arreglarse el pelo.

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