Portrait de Adhara

About the author
Adhara
Novel: Acquaforte
Genre: Fantasy
10,295 words so far  

About Adhara

Location: Goblin City

Home Region:
Europe :: Spain

Age:25

Website: http://so.arkanian.net

Favorite novels: A Song of Ice and Fire, The Night of Wishes, Ender's Game, Ender's Shadow, 1984, Peter Pan, Cuentos de Eva Luna, His Dark Materials, St Claire & Malory Towers, La Paloma Azul, A place for Katrin

Favorite writers: Michael Ende, George RR Martin, Orson Scott Card, Isabel Allende, David Mack

Favorite music: Within Temptation, Nine Inch Nails, Gogol Bordello

Non-noveling interests: Internet, movies, graphic design

Joined: octobre 18, 2004

This Year: Official Participant

NaNoWriMo History:
'04 '05 '06 '07 '08

NaNoWriMo posts: 2

NaNoWriMo buddies: 18

 

Synopsis: Acquaforte

Steampunk-ish alternate universe

Excerpt: Acquaforte

Había llegado al continente con una sed que parecía no irse a acabar nunca, con una prisa enloquecida por escapar de las palabras que habría deseado oir antes de marcharse. Las que habrían hecho que no se marchara. Visitó París y allí vio por primera vez, aterrorizado, un mar que no era de hielo, que jamás dejaba de moverse, que se estrellaba minuto a minuto contra la ciudad imposible que colgaba de los acantilados. En Londres asistió a peleas de gladiadores, el rostro cubierto por retales de seda para protegerse de la arena y del olor a podredumbre que rodeaba las casas de adobe. Por un tiempo vivió a caballo entre Moscú y Berlín, literalmente, recogiendo sus cosas cada dos semanas para atravesar las millas y millas de páramo que separaban las ciudades gemelas a galope tendido. Un día tomó el barco más grande que había visto y vivió en él durante el mes y medio que les llevó alcanzar Nueva York. Durante quince años hizo todo lo que había dicho que haría cuando se tumbaba sobre el tejado caliente de los hangares, tratando de imaginar cómo era estar en un lugar donde la tierra no se acababa después de caminar durante dos horas. Vio todo lo que se había propuesto ver, y también cosas que jamás habría podido imaginar y que había tenido que describir durante páginas en sus diarios, porque no podía pronunciar sus nombres. Adquirió nociones básicas de una docena de idiomas y aprendió a fingir para todos los demás. Durmió en cabañas de barro en la selva, en dormitorios de universidades, en el suelo de pirámides funerarias. Sin duda no conocía ni una décima parte de todos los lugares extraordinarios del planeta, pero llegó un momento en que se le acabó el impulso. Estaba de vuelta donde empezó, casi literalmente, otra vez a un vuelo de transbordador de la isla de la que había huido, cuando la casualidad le puso un billete en la mano. Todavía, en esos momentos, no tenía muy claro si lo había buscado o simplemente se había dejado llevar.
Sin despegar las manos de los cristales empezó a deslizarse a lo largo del mirador, dejando el rastro de los dedos mientras reconocía los edificios y el transbordador describía una espiral descendente. La Torre del Orologgio y los cuervos de la Plaza de San Marco, ignorando el globo como si fuera un pájaro torpe que ni siquiera presentaba digna competencia. Los paseantes de la nobleza, viendo y dejándose ver, como correspondía a esa hora ociosa entre un desayuno tardío y un almuerzo breve antes de prepararse para la noche. El Palacio Regio bañado en luz, su nuevo hogar. La miríada de edificios y patios que lo rodeaban, fuentes, jardines. Los palazzos jalonando el Gran Canal, algunas alas abandonadas en las que las enredaderas se colaban por los agujeros del tejado. Con lentitud, tomó aire y buscó el barrio de los artesanos aunque sabía que no divisaría desde el cielo ninguno de los lugares que recordaba. Allí las casas de cuatro o cinco pisos estaban tan juntas que no se podía ver si algún callejón discurría entre ellas o tenían paredes en común. Los tejados eran una maraña de terrazas improvisadas de cualquier manera, algunas a modo de puentes entre un edificio y otro, otras erguidas y tambaleantes como torres con los cimientos hundidos en la arena. Puede que no tuviera problemas en pasearse por San Polo y San Marco como si jamás se hubiera marchado, pero se perdería muchas veces antes de volver a manejarse con la soltura de antes por Cannaregio y Dorsoduro. Y eran los lugares a los que necesitaría volver si Venecia volvía a ahogarle. El resto de la ciudad era un escenario, él lo sabría mejor que nadie. A determinadas horas del día, invariablemente, un puñado de actores lo tomaba y desarrollaba su papel en una obra sin cambios ni sorpresas. A su alrededor los artesanos trabajaban para ellos y para el mundo, creando los tapices, las telas, las joyas, la moda, el color, los adornos, los maestros en todas las artes que el mundo esperaba de la pequeña isla y ella producía con esmero. Por mucho que la idea le inquietara, Giacomo sabía que él mismo no era más que otra exportación que ahora volvía a casa tras cumplir su misión con éxito. Había visto mundo y el mundo le había visto a él, como otro de los embajadores no oficiales que las cortes extranjeras se rifaban. Habían tratado de comprar su permanencia con mujeres, con hombres, con títulos nobiliarios y tierras de cultivo. Se reunió con algunos venecianos que llevaban la mayor parte de su vida viviendo lejos de la laguna, hombres satisfechos en sus casas solariegas, casados, con hijos, con nietos, cuya procedencia era ya sólo una anécdota. Era imposible distinguir si la novedad de tener a un auténtico veneciano se había diluido al pasar las décadas o si los propios exiliados se habían amoldado demasiado a su tierra de acogida, creando sus propias islas imaginarias. A Giacomo algunas ofertas le tentaron más que otras, por supuesto. Un par de veces, sobre todo cuando recordaba sus últimos meses en la isla, aquella lucha constante entre la necesidad de marcharse y el intenso deseo de que ella se lo impidiera, acarició la idea de aceptarlas y cortar por completo las amarras. Al final en su lugar recogía sus cosas y tomaba un barco o un transbordador, o un caballo comprado con prisa que vendía en el siguiente destino antes de tan siquiera darle un nombre. En Santa Fe había conocido a una medium vestida de luto que lo mismo hablaba del subconsciente como de los viajes astrales, como preparaba el mejor gulash de cerdo de los treinta y un estados. Ella habría dicho que existía una parte de Giacomo que no se manifestaba más que en sueños o en los impulsos inexplicables del instinto, y que esa parte siempre supo que regresaría a Venecia, con una certeza tranquila y premonitoria.

Adhara's Writing Buddies

Glowing Halo
Chris Baty

8,330 / 50,000
Ekaitza
0 / 50,000
Cos Black
0 / 50,000
Ademaro
10,600 / 50,000
Aranluc
0 / 50,000
FirecrackerX
6,741 / 50,000
Saffron_b
0 / 50,000
Ferlocke
11,758 / 50,000
Glowing Halo
Elenis

12,339 / 50,000
Joanne Distte
3,828 / 50,000
angua
2,908 / 50,000


Accueil :: A Propos :: Recherche :: My NaNoWriMo :: FAQs :: Pour s'amuser :: Donation/Magasin :: Forums :: Programmes
Politique de confidentialité :: Privacy Policy :: Énoncé et conditions :: Politique de reprises :: Terms and Conditions :: Codes of Conduct :: Returns Policy

Copyright © 2009 The Office of Letters and Light :: All posted novel excerpts remain copyright their authors.
Powered by Drupal