Genre: Science Fiction
About controlZapeLocation: Cd Mexico y Cuernavaca Age:35 Website: http://librepensar.blogspot.com Favorite novels: El Perfume, El Tambor de Hojalata, Relámpagos de Agosto, Las Muertas Favorite writers: Patrick Süskind, Jorge Ibargüengoitia, Gunter Grass, Isaac Asimov Non-noveling interests: escepticismo, divulgación de la ciencia y del pensamiento crítico |
Joined: Oktober 10, 2007 This Year: Official Participant NaNoWriMo History: NaNoWriMo posts: 3 NaNoWriMo buddies: 15
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Brief Author Bio: Escéptico epiléptico. Horrible. |
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Synopsis: Mitotes chilangos
Un chilango notable por estar insatisfecho con todo lo que le ocurre, se encuentra con entidad cósmica cuasitodopoderosa interesada nomás en él.
Excerpt: Mitotes chilangos
CAPITULO 1
El encuentro
El día que Benjamín tuvo el encuentro más extraordinario que nadie haya tenido empezó como cualquier otro en los últimos años: despertó y cuando se acordó quién era se odió.
El odio es un sentimiento desgastante para empezar el día así que antes de que pusiera los pies en las baldosas frias del suelo y abandonara la cama que hacía tiempo que no compartía con nadie su estado de ánimo cambió de pura abyección a un sordo sentimiento de insatisfacción.
Cuando terminó de bañarse y vestirse bajó de su cuarto a la cocina. Ahí ya estaba su madre haciendo el desayuno.
Buenos días hijito ¿dormiste bien?
Benjamín contestó con un gruñido mientras se sentaba a la mesa. No tenía hambre -como siempre- y comió sin ganas el huevo revuelto grasiento y sin sabor que le había puesto frente.
Subió a lavarse los dientes. Al mirarse en el espejo notó una cana nueva sobre su frente arrugada.
Me voy a morir – pensó. -¿Será hoy?
Salió de la casa de su madre en la que había vivido toda su vida y se dirigió con paso desanimado a la entrada del metro.
A medida que se acercaba se encontraba con más gente qué como él comenzaba su día.
¿Todos estos tendrán un trabajo igual de inútil que el mío? ¿Alguno estará haciendo algo realmente productivo? - se preguntó.
En las cercanías de la entrada del metro, sobre la acera a medio obstruir por los diversos puestos de vendedores ambulantes (películas piratas y puestos de comida) Benjamín siempre batallaba para entrar. Lo mismo que todos. Sólo que él tomaba el gentío y los puestos como una afrenta personal.
Pinches puesteros estorbosos– pensaba invariablemente cuando tenía que detenerse porque los de adelante ya se habían apeñuscado en los diminutos pasillos que formaban los puestos ambulantes.
Entonces mientras caminaba en medio del río de gente antes de llegar a la entrada del metro se imaginó que un gran desastre ocurría que hacía que la gente se fuera corriendo a sus casas y que los puesteros abandonaran para siempre las banquetas.
Sólo quería tener, aunque fuera por una vez, el paso libre para caminar sin tener que estar chocando con otros cuerpos -puaj- y sin tener que estar sorteando a los puestos que invadían con su mercancía casi toda la banqueta.
Y ahí fue cuando tuvo su extraordinario encuentro. Sólo que al principio no lo vió como tal. Lo vió como el resto de los que fueron testigos de lo que pasó. Como un milagro. Y una calamidad.
Escuchó un gran estruendo. Como si dos coches tuvieran un gran encontronazo. Era un ruido que ya había escuchado antes -lo mismo que varios-. Cuando el metal se arruga. Todos miraron hacia la calle, esperando ver el choque. Más adelante Benjamín se acordaría que le extrañó no oir el chirriado de las llantas que casi siempre anunciaba un accidente automovilistico urbano.
En la calle seguían circulando los coches. Caótica y normalmente. Como todas las mañanas de lunes.
Entonces se repitió el estruendo metálico. Pero ahora iba acompañado de algunos gritos.
Benjamín se detuvo y miró hacia atrás a donde provenían los gritos y ese singular sonido metálico. Y se quedó boquiabierto.
Un puesto de revistas estaba suspendido en el aire. A varios metros sobre la banqueta. Los gritos eran de los puesteros vecinos al puesto de revistas. El dueño del puesto de revistas estaba desparratado sobre la acera. Aparentemente brincó por el único hueco de su puesto cuando se dió cuenta que estaba siendo levantado por los aires.
Desde donde estaba Benjamin no veía que el puesto de revistas estuviera sostenido por algún medio visible. Supuso que el puesto estaba siendo izado por algún cable que él no alcanzaba a ver. Quizá hubiera una grúa cercana que enganchó el puesto accidentalmente y ahora se lo llevaba por los aires...
En esas elucubraciones estaba Benjamín cuando escuchó otra vez el mismo estruendo metálico y vió que otro puesto cercano al de revistas se elevaba también hasta donde estaba el primero. Por la forma en la que se movió Benjamín tuvo que descartar lo de la grúa que había pensado.
Fue como si al segundo puesto algo lo empujara -o lo atrajera- subitamente hacia el primero. A Benjamín le recordó -en épocas antiguas y más felices- cuando jugaba con un imán y lo acercaba a una caja de clips; los clips salían volando atraidos por el imán y se quedaban pegados a él.
Así ocurría con los puestos. Ahora un tercero se iba a encontrar con los primeros dos... y ahí iba el cuarto y el quinto...
A medida que la banqueta se vaciaba de puestos los puesteros alzaban las manos, luego se agarraban los cabellos y luego gritaban que qué estaba pasando. Las que eran mujeres se santiguaban y clamaban algunas a Dios y otras a la Virgen de Guadalupe. Los hombres también se santiguaban y pegaban de brincos para alcanzar sus puestos como si fueran globos de helio que se les hubieran escapado de las manos.
Solo que no se elevaban con la misma lentitud gracil de un globo que surca el cielo. Se despegaban del suelo -los que tenían ya cimientos en la banqueta dejaban sendos huecos- y se iban a aglutinar violentamente a una masa flotante cada vez más grande de metal, lona de plástico y mercancía diversa.
Algunos automovilistas que iban circulando al mirar que en la banqueta iban desapareciendo los puestos que desde hacía años ya se habían acostumbrado a ver se detuvieron. Los conductores que venían atrás que no se percataban del motivo por el que los de adelante se habían detenido frenaron y comenzaron a tocar su claxón disgustados.
Cuando en la banqueta ya no hubo más puestos entonces pasó algo todavía más extraordinario.
La masa informe de metal, plástico y mugre comenzó a aglutinarse más. Como si una mano gigantesca e invisible la estuviera apretujando. El ruido parecía al que se oye cuando uno aplasta una lata de refresco pero mucho más intenso y prolongado. Benjamín y muchos otros que miraban fascinados y horrorizados tuvieron que taparse los oidos.
En pocos segundos la tremenda fuerza que estuviera estrujando los puestos dejó de hacerlo. Lo que quedó fue un cubo de un poco más de un metro de lado. Lo que estuviera sosteniéndolo en el aire también dejó de hacerlo y el cubo cayó.
Pero la caída no se detuvo hasta llegar al suelo. Atravezó el concreto de la banqueta y se internó a las profundidades de la ciudad con un gran estruendo. ¿Quién sabe qué tan denso era ese cubo que contenía un centenar de puestos ambulantes con todo y armazones de metal y mercancía?
Entonces como si esa fuera la señal en una pantomima grotesca y mal escrita todos los que estaban presenciando el espectáculo corrieron despavoridos alejándose del agujero que había dejado el cubo al caer.
Unos entraban al metro, para salir después al percatarse que el cubo en su caida había pasado por la estación subterránea de metro dejando escombro sobre las vías. Los que ya estaban en el anden sin saber lo que ocurría en el exterior corrieron a la superficie pensando que había un ataque terrorista en la ciudad chocando con muchos de los que querían entrar.
Otros cruzaron la calle entre los carros todavía detenidos. En la banqueta de enfrente había también puestos ambulantes pero esos seguían en su sitio, aunque sus horrorizados dueños no. No sabían si ir a ayudar a sus vecinos de la acera contraria o quedarse atendiendo o cerrar e irse a sus casas.
Benjamín no atinaba a donde dirigir sus pasos. Lo que acababan de presenciar no era una alucinación colectiva y desafiaba lo poco que creían conocer de la manera en la que funcionaba el mundo.
Las cosas no se elevan en el aire para luego irse a incrustar en las profundidades de la ciudad -pensaba Benjamín.
Sin embargo acababa de ver que ocurrió, junto con algunos cientos de personas, la mayoría histéricas y con crisis nerviosas.
Los automovilistas que se habían detenido provocando un breve caos vial se subieron a sus coches y reanudaron su avance pero varias docenas de automovilistas que venían detrás continuaron accionando sus claxones como protesta. No habían visto lo que había ocurrido y estaban molestos por el frenado súbito.
El ruido de los claxones no dejaba pensar a Benjamín sobre lo que acababa de presenciar. Era demasiado molesto. - Si sólo se callaran - pensó.
Entonces ocurrió otra serie de eventos extraordinarios. Benjamín pensaría más tarde que cómo es que no se dió cuenta que cada vez que algo lo molestaba en esa mañana singular, ocurrían.
Esta ocasión los automoviles que iban haciendo un ruido infernal enmudecieron de pronto. Al principio Benjamín no supo porqué pero luego lo comprendíó: el espacio que ocupaban los automoviles que circulaban frente a el se había quedado vacío.
Eso lo supo Benjamin porque lo que vió que le ocurría a los automovilistas es lo mismo que le ocurriría a una persona que estuviera en el espacio sin protección de ningún tipo de acuerdo a un documental de esos que solía mirar por TV a altas horas de la noche.
Además de que los coches ya no hacían ruido (no sólo ya no se escuchaban los cláxones sino que los motores y el rodamiento de las llantas sobre el pavimento ya no producían sonidos) Benjamín vió que los que estaban en el interior comenzaban a boquear como peces fuera de su pecera. Al principio con sorpresa y luego con horror se llevaban las manos a la garganta. No podían respirar.
Pero antes de que se asfixiaran todos cayeron muertos agarrados a su volante porque los líquidos de su cuerpo sin presión atmosférica se evaporaban. Todos los automovilistas que iban a bordo de un coche que fuera accionando su claxón en un radio de un kilómetro de donde estaba Benjamín sufrieron una embolia masiva.
(-ojo- en la revisión procura describir en el párrafo de arriba de una manera que sea más visual lo que le ocurre a alguien en el vacío de tal manera que sea plausible que Benjamin se percatara que los claxonistas estaban sufriendo una embolia por hallarse precisamente en el vacío)
Benjamín fue de los primeros que se desmayó cuando vió desde la acera los choques de carros que transportaban gente muerta.
Cuando Benjamín despertó estaba en una ambulancia. Le dolía el codo y la cabeza que fue lo primero que hizo contacto con el suelo cuando se desmayó pero estaba bien. Sólo un poco desorientado.
Se quizó incorporar pero uno de los paramédicos le dijo que no se moviera.
Estoy bien – insistió.
De todas formas no puedes pararte pues no hay espacio. Vamos llenos y no vamos a parar hasta llegar a la Cruz Roja.
Benjamín entonces se acordó de porqué se había desmayado. La desorientación que sentía cuando despertó se volvió en franco desconcierto.
Siento como si me hubiera caido en una mala historia.
El ruido que hacía la sirena lo dejaba sordo pero extrañamente no lo molestaba. Le impedía pensar y eso es lo que quería que pasara en ese momento. No deseaba pensar en lo que había visto a la entrada del metro. Era tan extraño que resultaba sobrecogedor.
Al cabo de un rato llegaron a la Cruz Roja de Polanco. Los paramédicos se bajaron y comenzaron a cargar no la camilla de Benjamin sino la de otro que iba más herido que él. Tanto que hasta la camisa se le había puesto colorada de la sangre que había perdido. Los dos únicos paramédicos que atendían la ambulancia -el chofer y otro-se llevaron al herido dejando a Benjamin solo en la ambulancia.
Pasaron cinco, diez, quince minutos y nadie iba por Benjamín que estaba atado aún a una camilla y no podía incorporarse. Se comenzó a impacientar.
Cuando ya habían transcurrido veinte minutos Benjamín estaba furioso.
Estos hijosdeputa ya se les olvidó que estoy aquí. Ya quiero que me quiten este inútil collarin y quiero estar fuera de este vehículo apestoso – pensó.
Entonces ocurrió otra vez en ese día que lo que pensaba se hacía realidad de una manera muy desconcertante.
En esta ocasión, a diferencia de los puestos ambulantes voladores y los coches enmudecidos con muertos dentro, creyó que estaba delirando. Así de extraño fue lo que pasó. Y aunque fue extraño fue menos espectacular que lo anterior.
La ambulancia en la que estaba desapareció. No es que se desvanecieran las paredes y pudiera ver al exterior. De pronto él estaba en el exterior, de pie, sin el collarín ni la camilla a la que estaba atado. El patio de ambulancias estaba vacío de vehículos y gente.
Se sintió mareado.
¿Estaré alucinando? - pensó.
La respuesta le llegó casi inmediatamente. Los paramédicos salieron del edificio y en vez de hallar a a ambulancia lo hallaron a él.
¿Qué pasó con la ambulancia? ¿Dónde está?- le preguntaron.
Benjamín se fue corriendo temiendo que se la cobraran.
Ya en la calle, Benjamin se subió a un taxi que iba pasando. Quería alejarse de la Cruz Roja. iba sin embargo tan nervioso por todos los sucesos extraordinarios que cuando el taxista inquirió "a dónde lo llevo, joven", Benjamin no reflexionó como solía reflexionar cada vez que un taxista se refiría a él como joven, es decir, preguntándose si estaba ante un idiota o un bromista pues a sus cuarenta insatisfactorios años Benjamín no se sentía joven.
En lugar de eso, Benjamín quien iba con la cabeza llena de visiones de puestos voladores, agujeros profundos en el suelo y ambulancias que desaparecen, le dijo al taxista la dirección que casi siempre decía cuando abordaba un taxi: la del lugar donde trabajaba.
El taxista era de esos que nomás tenían un conocimiento muy parcial de una ciudad tan grande como la cd de México y que cuando se enfrentaban ante un recorrido cuyo destino desconocían pedían "ud. me dice por donde me voy".
Benjamín contestó que sí y se volvió a sumir en sus pensamientos. Pasaron varios minutos y al momento de cruzar una avenida importante y saturada por el tráfico el taxista preguntó "¿nos vamos por aquí?
Benjamín entonces puso atención. Se dió cuenta que el trayecto que el taxista había elegido era el más complicado, largo y sinuoso. Desde hace años que llegar a su trabajo a tiempo había dejado de ser una prioridad para él, sin embargo, toleraba mal estar encerrado mucho tiempo en un coche, atrapado en el tráfico matutino y viendo que el taxímetro marcaba una cantidad excesiva.
Reflexionó que lo mejor era apearse y continuar caminando. Su trabajo ya no quedaba lejos y además le vendría bien la caminata para calmarse. Estaba seguro de que no se estaba volviendo loco pero los acontecimientos extraordinarios que había visto lo tenían muy intranquilo aún.
Aquí me bajo – anunció Benjamín al tiempo que sacaba su cartera.
El taxista tomó mal el anuncio.
¿Cómo que ya se va a bajar si me dijo que lo llevara más adelante? No me puede dejar aquí en medio de este tráfico e irse tan tranquilo.
Benjamín que odiaba las confrontaciones no supo que responder.
El tráfico comenzó a avanzar de nuevo pero el taxista no se movía. Miraba a Benjamín por el retrovisor.
¿Que no se va a bajar?
Benjamin le tendió un billete para pagar el trayecto. El taxista lo miró y dijo.
No tengo cambio.
Benjamin se empezó a enojar. El taxista ofendido ya no quería continuar y mientras los automovilistas que venían detrás al notar la obstrucción comenzaron a pitar sus claxones. Benjamín no estaba cómodo.
Encontró en el fondo de sus bolsillos monedas y con eso le pago al taxista. Luego cuando se estaba apeando el taxista arrancó. Por poco y lo arrastra a Benjamin.
Benjamín pensó furioso: "ese no debería conducir un taxi nunca", mientras lo veía alejarse.
Entonces, volvió a ocurrir otro evento extraordinario.
El taxi del que se acababa de bajar, que ya se alejaba, en lugar de continuar su recorrido se comenzó a hundir. Como si el asfalto sobre el que estaba se hubiera convertido súbitamente en agua.
Alcanzó a ver que el avanzaba así unos pocos metros más por el impulso que llevaba pero también se estaba hundiendo. Los coches que iban detrás suyo se detuvieron y aunque ya estaban sobre la misma superficie en la que comnezó a hundirse el taxi, estos no sufrieron el mismo fenómeno.
El taxista que se hundía con su taxi intentó abrir las puertas pero no pudo. Golpeó los vidrios pero solo consiguió hacerse daño en los nudillos. Al cabo de un momento el taxi se hundió completamente en el asfaltoagua y desapareció.
Benjamín no lo podía creer sin embargo vio que otra gente en la acera había visto el hundimiento del taxi a pesar de lo rápido que trancurrió y señalaban horrorizados a donde había estado. Del coche que venía detrás se había ya bajado su conductor y señalaba el sitio donde había desaparecido el taxi. No se atrevía a pasar por ahí.
Benjamín sintió que entraba en un estado mental que no le era desconocido pero que había esperado no volver a experimentar. Iba en preparatoria cuando le tocó El Temblor, así en mayúsculas como la llamaban todos que estaban en la cd de México por la mañana del 19 de septiembre de 1985. En ese entonces se dirigia a la escuela y caminaba por la alameda cuando ocurrió el temblor. Vió derrumbarse varios edificios. En pocos minutos su sentido de la realidad se vio en crisis. Las moles de concreta a las que tan familiarizado estaba se habían vuelto escombros.
Ahora le pasaba algo parecido. Desde que iba a abordar el metro había visto como el mundo que creía conocer tan bien se comportaba de una forma más caótica que de costumbre. No sabía que iba a ocurrir después. Y en cierto sentido ahora era peor que en 1985. Al menos en aquella ocasión había habido algunos miles con quienes podía compartir esa sensasión de irrealidad. En conjunto es más soportable encarar que uno es apenas un insecto y que el universo es un lugar hostil y que si uno se descuida va a hacer lo posible por aplastarlo sin miramientos.
Pero ahora lo que ocurría si bien había gozado de testigos no había afectado más que a una parte muy local y puntual de su diario trajinar.
Su diario trajinar...
Benjamín se quedó helado. Se acababa de dar cuenta que justo antes de que ocurrieran lo de los puestos voladores, lo de los claxonistas sometidoas al vacío, la ambulancia desaparecida y el taxista hundido él había verbalizado en su cabeza su deseo de que ocurrieran esas cosas.
Entonces ocurrió el encuentro.
Hola Benjamín. Mira hacia arriba – escuchó que una voz le susurraba al oido.
Benjamín se sobresaltó y miró atrás de él y a los lados. Los más cercanos a él eran unos que estaban en un puesto de periódicos cercano. La circulación se había reanudado y sólo estaba un grupo de personas en la acera frente a donde se había hundido el taxi. No había nadie tan cerca que le hubiera podido susurrar en el oido.
Arriba, te digo – insistió la voz.
Benjamín miró hacia arriba y vió una burbuja en el cielo. Parecía del mismo material con el que se hacen las burbujas de jabón. Sólo que era mucho más transparente. Al contrario de las de jabón esta no tenía iridiscencias. Y tampoco compartía el tamaño de las de jabón. Esta era enorme. Abarcaba casi todo el pedazo de cielo que Benjamín le dejaban ver los edificios vecinos.
Si. Eso que ves que soy yo. Y he viajado millones de años luz para llegar aquí.
La voz se calló pero la burbuja permaneció en su lugar. Esperando. Benjamín comprendió que debía dar una respuesta.
Entonces en la primera vez en la que se estableció una comunicación entre una entidad venida de fuera del planeta y un humano; en el cruce de Niza e Insurgentes, el humano respondió lo único adecuado para tan singular ocasión.
- No mamar.
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